No es aquí donde va a poder encontrarse la referencia al recorrido vital y al periplo académico de ese personaje fundamental del panorama intelectual
que acaba de abandonarnos, pasando revista a las universidades en las que fue dejando tanto su enseñanza como sus discípulos, mientras que aumentaba ávidamente sin cesar su conocimiento, espoleado por su inagotable curiosidad. Tampoco figurará aquí la relación de los reconocimientos recibidos por su sabiduría creativa y enriquecedora de la forma innovadora de entender la historia del arte, ni la enumeración de la copiosa bibliografía que compone su extenso legado. Porque más allá del registro e inventario de unos datos que definen y dimensionan -como esbozando el contorno de su estatua- la magnitud de una figura intelectual que ya queda para la historia, está una condición humana singular, de la que ya sólo podemos dar testimonio quienes lo conocimos y tratamos de cerca, compartiendo con él muchos momentos interesantes, apasionantes incluso, a lo largo de muchos años de coincidencia profesional y de amistad muy afectiva.

Coincidencia profesional sobrevenida en mi caso, desde campos académicos diferentes que confluían en la historia de la ciudad, que era uno de los muchos campos que le atraían y en los que se movía. Porque algo que caracterizaba su personalidad era su capacidad de reunir la profundidad máxima del especialista, en temas en que su autoridad es indiscutible, con la extensión inagotable de su universal curiosidad. Y claro, no podía dejar de interesarle «la tardía y veloz incorporación de la Península Ibérica a los problemas de las ciudades de los países capitalistas más desarrollados, que supone uno de los cambios más radicales de nuestra historia», como escribió en el prólogo de uno de mis libros de historia urbana.

Y esa coincidencia fue desarrollándose desde una peculiar situación de una relación personal muy próxima, que no es precisamente la familiar, ni tampoco exactamente la discipular, sino más bien la de una especie de camaradería asimétrica, admirativamente convergente hacia él, provocada tanto por su conocimiento sólidamente elaborado, como por la intuitiva lucidez, a la hora de identificar la desconocida autoría de un lienzo inesperadamente aparecido en un desván, o de acertar con la situación de los restos de una plaza oculta a tres metros de profundidad, de un desaparecido establecimiento urbano menor, en un país suramericano, durante un largo periplo de conferencias en que alternaba las suyas con las de otros oradores que siempre éramos menos brillantes, como constataba el aplausómetro inventado por un rector cacique que regalaba ponchos. Y siempre resultaba asombrosa y deslumbrante su capacidad de improvisación ante auditorios inesperados, donde incluía, en medio de un derroche de chispeante erudición, evocaciones oportunamente convocadas de una infancia y de una adolescencia gallegas.

Ausencia del amigo
Luego vino la convivencia en el Palacio de Goyeneche -convertido en Academia de Bellas Artes- en los despachos contiguos que ocupaba él como director y yo como secretario general antes de sucederlo, y que nos proporcionaba ocasión constante para un intercambio que resultaba siempre enriquecedor y del que siempre recordaré esa constante curiosidad suya por todo, y especialmente ese entusiasmo y esa capacidad real para el disfrute de la obra de arte, mucho más allá de la actitud del erudito conocedor. Y esa simpatía y esa lucidez que pude comprobar una vez más cuando le he visitado, ya enfermo, en su casa. Personalmente me deja desolado la ausencia de mi querido y admirado amigo.

https://www.abc.es/cultura/arte/abci-fernando-teran-antonio-bonet-correa-curiosidad-infinita-202005230034_noticia.html

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