Los aficionados al baloncesto españoles comenzaron a descubrir la NBA en los años 80. Es cierto que antes se distribuían películas con las mejores jugadas, pero a raíz de los JJ.OO. de Los Ángeles, en los que se pudo ver en directo a Michael Jordan, Patrick Ewing y compañía, la demanda comenzó a ser enfermiza. Aunque los vídeos y los bares especializados seguían en boga, en cuanto los partidos comenzaron a televisarse y a ofrecerse las finales en directo (desde 1988), todo lo sucedido en aquella liga empezó a mitificarse.

En ese momento Jerry Sloan fichó como entrenador por los Utah Jazz y comenzó a dar forma a lo que sería su gran proyecto vital. Él lo había sido todo como jugador en los Chicago Bulls (fue miembro de la plantilla fundadora en 1966 y dos veces «All Star») y al retirarse diez años después tuvo el honor de ver colgada su camiseta en el techo del vetusto Chicago Stadium. Para completar el sueño de quien había sido un serio y trabajador muchacho de Illinois, tres cursos después debutó en los banquillos en el equipo de sus sueños.

Lamentablemente para él, las cosas no terminaron de cuajar, pues se trató de una época convulsa en la que no pudo acabar con un balance positivo y tuvo que decir adiós a la franquicia tres campañas más tarde.

Su gran momento le llegaría en 1988, cuando el bonachón Scott Layden le dejó la puerta abierta en los Jazz. Y fue allí, al pie del Lago Salado, donde se fundió la ética de trabajo del esforzado granjero con una directiva que entendió que esos eran los valores que se necesitaban para salir del anonimato. Buscaba calidad y personalidad en sus jugadores y así conformó un bloque en el que las estrellas eran John Stockton y Karl Malone, pero muy bien acompañadas por otras como Mark Eaton, Jeff Hornacek, Tom Chambers o Antoine Carr. Y con una consigna por encima de todas: la prevalencia del equipo sobre cualquier individualidad.

Así, con un bloque que aplastaba a sus rivales como un martillo pilón, consiguió llevar a los Jazz a dos finales de la NBA. Lo malo para él fue que se encontró enfrente a los Bulls de Michael Jordan y no le dieron opción a conseguir ninguno de esos anillos. Como gran competidor que era, le dolieron mucho esas derrotas y ni siquiera le consoló que se las infligiera su alma mater. «Yo en Chicago ya hice lo que tenía que hacer en mi momento; de hecho mi camiseta estará allí para siempre. Yo lo que quería era ser campeón con Utah», declaró enfadado en su momento.

Pese a su estilo serio y cortante, era querido y venerado por público, jugadores y entrenadores. No en vano, era el cuarto más victorioso de la historia, con 1.223 triunfos y 16 visitas seguidas a los «playoffs». Pero, además, era amigo de sus amigos, como cuando animó a George Karl en su convulsa etapa madridista. Piculín Ortiz llegó como refuerzo desde Utah a mitad de temporada y le trajo al técnico una gorra firmada por Sloan. George lloró con el regalo.

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