No es lo mismo conducir que conducir, advertía un memorable spot. No es lo mismo confinarse que confinarse. No es lo mismo encerrarse setenta días con sus setenta noches en un habitáculo compartido, que en la hacienda de los Iglesias-Montero.
Tampoco es lo mismo ser patriota del «quédate en casa» con generosa nómina institucional, que tragarse dos largos meses sin ingresar un euro y gastar los ahorros para abonar un alquiler cuya mora depende de la benevolencia del casero.

En estas aciagas calendas la coletilla de Pedro Sánchez en sus arengas de fin de semana ha sido «sin lugar a dudas»; y la muletilla del trío Budó-Vergés-Buch, «como no podía ser de otra manera».

Quizá sí podría haber sido de otra manera: si el falaz Sánchez hubiera activado la alarma una semana antes; podría haber sido de otra manera si la Generalitat, con plenas competencias antes del 14 de marzo, hubiera priorizado la protección de unas residencias de ancianos condenadas al contagio sobre la marrullería secesionista habitual.

«Para los de arriba hablar de comida es bajo. Y se comprende porque ya han comido», escribió Bertolt Brecht en su «Catón de guerra alemán» (1938). Los Iglesias-Montero llamaban «casta» a los de arriba; y como ahora están arriba, han desterrado la palabra de sus peroratas. Ya que citamos a Brecht, si Iglesias fuera un comunista fetén habría pedido que ministros y diputados cobraran el salario mínimo en unos meses en que Congreso y Senado estuvieron desiertos…

Lo mismo rige para Cataluña. Xavier Rius se lo planteó a Meritxell Budó y la portavoz -«como no podía ser de otra manera»- adujo que eso supondría populismo y recortes; la misma respuesta evacuó la ministra Montero (María Jesús): lo que cobran los políticos es el chocolate del loro, acostumbran a decir.

En su bestseller de 1974, «El Triángulo de las Bermudas», Charles Berlitz rastrea una cartografía fatídica en la costa sudeste de los Estados Unidos. Desde 1945, afirma, «se han perdido allí más de mil vidas humanas, sin que se haya podido recuperar ni un solo cuerpo, ni siquiera un trozo de los restos de aviones o barcos desaparecidos…».

En la España del coronavirus, el Triángulo de las Bermudas lo componen Sánchez, Torra y Colau. Sánchez abusa del estado de alarma, que es un estado de excepción que no dice su nombre; su mandato recupera la central hidroeléctrica que Julio Camba identificaba con la República: decenas de enchufados por decreto digital.

En su afán de coleccionar ineptos como el castrista Alberto Garzón o ese ministro de Cultura, un tal Uribes, Sánchez encarece la pandemia con su caótico ejecutivo de veintidós ministros. Merkel se las apaña con catorce carteras.

Torra ya ha soltado a sus aenecés, ómniums y c
edeerres para retomar la guerrilla separatista. Estos días el vicario dulcificaba los violentos años treinta para identificar el independentismo con la vida. Era sincero: él se da la gran vida (150.000 euros anuales) gracias al independentismo. Tras el confinamiento, y si Collboni o Batlle no lo remedian, Colau volverá a lo que solía: nula ambición metropolitana, hostilidad hacia hosteleros y automovilistas; su número dos, Janet Sanz, es también un dechado de sinceridad: «Hay que evitar que todo el sector del automóvil se reactive», proclama.

En plena crisis Torra sube el sueldo de altos cargos de la Generalitat. Él ya se lo subió en 2019 y disfrutará de una generosa pensión cuando pase a ser expresidente si el Supremo confirma su inhabilitación. Además de confundir con las cifras de mortalidad, su gobierno baja la bonificación del 99 por ciento a los hijos y familiares de los difuntos: se quedará en el 60 por ciento o, en algunos casos, en nada. A sus colegas sediciosos, barra libre fiscal: las donaciones de la opaca caja de «solidaridad», exentas del 95 por ciento de la base imponible. Lecciones semánticas: no es lo mismo miserable que miserable.

Entre los vértices del Triángulo millones de ciudadanos se ahogan entre la recesión económica, la extorsión administrativa y la depresión psicológica.

Además de proteger del coronavirus, la mascarilla facilita el anonimato si te avergüenza caer en la pobreza. No hay que andar demasiado para toparte con el hambre. En el Sant Pau Sport Club, número 46 de la Ronda homónima, los necesitados aguardan su bolsa de alimentos. La escena se repite en Paralelo, 97 y Font Honrada, 10: miseria desenmascarada, a pleno sol.

«Cuando no hay harina todo es mohina» advierte el refrán. La harina se agotó en los supermercados principiada la pandemia: la gente dedicaba sus forzados ocios a las tartas; ahora no escasea la harina, pero cuando se agoten los ERTE muchos ya no podrán comprarla; ni siquiera para hacer «farinetas», que es lo que comían sus mayores.

En el comedor de Paralelo 97 estuvo el Auxilio Social. Si no es la posguerra, se le parece; antaño, con campanudos lemas imperiales; hogaño, con los trapicheos del buenismo.

https://www.abc.es/espana/catalunya/abci-triangulo-bermudas-202005240157_noticia.html

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