Tomó el Govern de Torra las riendas de la gestión sanitaria. Los contagios aumentaron ante los fallos en la detección de casos y en el rastreo de los infectados. La impericia se combatió con una retahíla de restricciones. Entre ellas, la suspensión de las actividades culturales. Incluso el Grec y otros espectáculos al aire libre pasaron unas horas en vilo, mientras las playas y las terrazas de los bares se mantenía abiertas. El lema La cultura es segura se extendió convertido en grito y lamento de un sector que cumplía de forma estricta los protocolos de seguridad sanitaria. Las reclamaciones de los alcaldes y la corrección del Tribunal Superior de Justícia de Catalunya devolvieron la cordura. Pero a un sector precario y agonizante se le ha añadido capas de estigma tan injustas como irresponsables. Es inaceptable asociar cultura a inseguridad sanitaria, no solo por su falsedad y por el daño que provoca a las personas que trabajan en ella, sino por el perjuicio al conjunto de la sociedad.

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