Tendemos a imaginar la labor de los policías patrulleros en tiempos del coronavirus como «sheriffs» que velan por el cumplimiento de las restricciones de la movilidad durante el estado de alarma. Una suerte de vigías al acecho de incívicos que sortean el confinamiento para fugarse a segundas residencias, compartir barbacoas clandestinas o reinventar como disciplina deportiva el tueste al sol sobre la arena de la Barceloneta. Pero esa es solo una parte del trabajo que desarrollan policías como Nando del Castillo, un agente de 46 años de la Unidad de Seguridad Ciudadana (USC) de los Mossos d’Esquadra, en su caso en las calles de Hospitalet de Llobregat (Barcelona).

Recibieron el aviso de que algo podría haberle sucedido a aquella mujer mayor de la que hacía tiempo que no había noticias, y necesitaron de la ayuda de los bomberos para entrar por la ventana de aquel cuarto cuarto piso. Recorrieron todas las estancias de la casa, y allí no había nadie. Pero de repente le sobresaltó una llamada al teléfono fijo de la vivienda. «Respondimos por si nos podía aportar alguna información», relataba Nando en una conversación con ABC. Al otro lado del hilo estaba un médico de un hospital, que trataba de localizar a la hija de la anciana para informarle de que su madre estaba ingresada por Covid-19 en estado grave. Misterio resuelto.

Más fácil fue para Nando del Castillo y sus compañeros constatar que las razones que esgrimía un conductor al que dieron el alto en un control policial no justificaban su driblaje al confinamiento. El hombre alegó que había salido para abastecerse con productos de «primera necesidad». «Nos respondió que iba a comprar Coca-cola y magdalenas, nos enseñó una botella de ron y una de whisky que llevaba en el coche y nos dijo que sin Coca-cola no se las podía tomar», explicaba el agente a este diario. Una de las múltiples anéctodas vividas por Nando y sus compañeros en tantas horas de patrulla.

El Covid-19 no solo ha cambiado su día a día laboral, sino también en su vida personal. Vive con sus dos hijos, de 17 y 11 años, y durante el confinamiento más duro se tuvo que encargar él solo de tareas que antes se repartían, además de atender a sus padres, mayores. Al llegar, cada día la misma rutina: desinfectarse de arriba a bajo por miedo de llevarse al «bicho» a casa. «Hay una amenaza por todas partes, que es invisible, y que no sabes si te va a señalar a ti». Esos patrulleros son ahora también un servicio imprescindible.

https://www.abc.es/espana/catalunya/abci-patrulleros-frente-covid-202005240157_noticia.html

Powered by WPeMatico